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Colaboradores

Fecha: 2011-11-20

La estela de la tía Conchita

 Conchita Gandía viajó hace muchos años al Congo con el propósito de ayudar a los más desfavorecidos. Lo hacía dentro de la congregación de las Hijas de María y, desde el principio, tanto ella como sus compañeras se volcaron en las mujeres y los niños. Esta es la historia reducida a la mínima expresión de esta religiosa. Murió hace cuatro años y sus restos descansan en la isla de Idjwi, donde trabajó en los últimos tiempos. Su esfuerzo, su ilusión, su trabajo de tantos y tantos años no podía perderse. Y su familia ha cogido el testigo. Sigue trabajando en favor de aquellas poblaciones a través de la Asociación Kinyabalanga-Nyamizi, con sede en San Sebastián, creada por la familia de una compañera de la burgalesa, ahora destinada en Logroño.

 Viene a cuento esta historia porque la familia Gandía se ha puesto manos a la obra y, con el fin de recaudar fondos, ha organizado una exposición en la Galería Mainel (Vitoria, 25), que estará abierta hasta el 19 de diciembre.

  Pintura, escultura y fotografía se ponen a la venta para proseguir con la labor en aquel país africano en continua guerra. La céntrica sala se viste con las pinturas de algunos miembros de la familia Gandía. Allí están las obras de Jesús García Gandía -«el artista de verdad de la familia»-, David Ballespí o María José Gandía. Fue esta quien comentó esta idea en sus clases de pintura. Y, ni cortas ni perezosas, varias compañeras se sumaron de forma altruista al proyecto.

  La nómina de participantes se completa con Paco Sampelayo, Alfredo Gutiérrez, Desan, Elena Álvarez, María Jesús Nebreda y Dorita García. María José Gandía no se lanza a augurar la cantidad de dinero que reunirán con estas ventas. No le importa. Lo que aquí parece poco allí es mucho y se pueden hacer un sinfín de cosas.

  Uno de sus sueños es poder construir una potabilizadora para recoger el agua de la lluvia. Ahora mismo existen graves problemas de cólera debido a las excesivas cantidades de metano en el Lago Kivu. Todavía no ha podido salir adelante, pero ingenieros de San Sebastián ya han viajado a la zona para inspeccionar lo que se podría hacer.

  Importante igualmente es el empeño de escolarización que las religiosas siempre persiguieron. La Asociación Kinyabalanga-Nyamizi, que también trabaja en la isla Idjwi, ha tomado el testigo y una de sus metas es conseguir un hogar a todos los niños de la calle, a los huérfanos.

  ¿Qué pasa con los hombres de los poblados? Cuenta María José Gandía que cuando vieron cómo ayudaban a sus mujeres y a sus hijos ellos también quisieron. Y la asociación se volcó para comprarles unas barcas con las que salen a pescar al lago.

  Con todo, esta sociedad dista mucho de ser idílica. Gandía, que ha viajado a la zona, explica que la pobreza allí es absoluta, acentuada principalmente por un conflicto eterno que nadie quiere resolver. Esta mujer lanza su dedo acusador a Europa, a Francia y a Bélgica principalmente. Dice que les interesa esta situación para poder seguir llevándose las riquezas del país africano, que tenerlas tiene, sobre todo en minerales. Léase diamante y coltan. La familia Gandía no se cruza de brazos. Lo demuestra esta exposición. No está dispuesta a abandonar la estela de la tía Conchita.

Autor: El Correo de Burgos

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